Las fuentes en la historia son aquellas evidencias con las que trabaja el historiador para la reconstrucción del pasado histórico. Son – para entendernos –  como las pruebas o los testigos en una escena del crimen. Hay que recolectarlas, hay que tener en cuenta su contexto, hay que estudiarlas, hay que procesarlas con métodos y técnicas apropiadas, hay que filtrarlas… En definitiva, hay que interrogarlas para que nos cuenten “qué pasó”.

Los tipos de fuentes de los que los historiadores disponemos son muchos y muy variados; tan variados que el simple hecho de establecer clasificaciones ya supondría meternos en un jardín que nos llevaría por lExcavación arqueológicaos cerros de Úbeda. A mí, personalmente, me parece muy sencilla la división entre fuentes primarias y fuentes secundarias. Las primarias son aquellas contemporáneas al fenómeno que deseamos estudiar; en el caso de los vikingos, son aquellas fuentes que datan de su época, aquellas que ayudaron – intencionadamente o no – a construir ese fenómeno. Hablamos, por ejemplo, de los restos arqueológicos de cualquier tipo que daten de ese momento histórico concreto, como monedas, viviendas, utensilios domésticos, tumbas, ajuares funerarios, restos de barcos, espadas, cascos, etcétera, y que serían mayormente no intencionados, porque son construcciones para un un uso particular, pero no pensadas para que perduren en el tiempo y recuerden a futuras generaciones a quienes las construyeron. Pero también hablamos de documentos escritos que, por ejemplo,  se redactasen en el momento que queremos estudiar; la carta entre dos Reyes firmando un acuerdo matrimonial, un tratado, una bula papal, un periódico, una foto o una crónica de un pueblo concreto, en cuyo caso muchas sí serían intencionadas porque su fin principal sería el conocimiento a largo plazo de un hecho. En definitiva, son vestigios del momento que estudiamos, da igual si del siglo V aC  o del siglo XX. Las fuentes secundarias han sido, generalmente, creadas a partir de las fuentes primarias y suelen ser descripciones o análisis de ellas. Mientras que un Códice cisterciense del siglo XI sería la fuente primaria, el análisis del contenido o el manual que escribe sobre él el historiador sería la fuente secundaria.  Otro ejemplo serían los huesos encontrados en una tumba vikinga; éstos serían la fuente primaria, los datos que revelen los análisis del carbono 14, el estudio que realicen y publiquen los arqueólogos y los antropólogos sería nuestra fuente secundaria.

También hay que tener en cuenta que cada época concreta tiene sus propias fuentes; teniendo en cuenta que podemos entender y utilizar como fuente desde un hallazgo arqueológico, un documento de archivo o una imagen – un cuadro, por ejemplo – creada en un momento determinado, es evidente que no todos los periodos van a ofrecernos todas las fuentes posibles. Así pues, épocas como la prehistoria, la historia antigua y los primeros siglos de la Edad Media se basan principalmente en la arqueología para la reconstrucción del pasado histórico; la Baja Edad Media y la Edad Moderna se nutren, principalmente, de los documentos conservados en archivos y la Edad Contemporánea y, sobre todo, lo que llamamos Mundo Actual (de la II Guerra Mundial hasta nuestros días) tiene un espectro mucho más amplio al poder utilizar como fuentes no sólo los documentos de archivo, sino la fotografía, el cine e, incluso, los carteles publicitarios o los anuncios.

Para el estudio de la Era Vikinga, que se mueve entre el siglo VIII y el XI aproximadamente, las fuentes son, cuando menos, escasas, sobre todo hasta que no entró en escena la Arqueología entendida ya como una ciencia con sus métodos y sus técnicas de investigación y datación (como el carbono 14) y alejada ya del afán coleccionista y romántico de los siglos XVIII y XIX. Y no sólo eso, sino que el investigador que se decante por este tema deberá tener conocimientos no sólo de historia, sino de otras disciplinas o ciencias auxiliares como la arqueología, la filología, la runología, la historia del arte, la mitología, la numismática, la epigrafía, paleografía, diplomática y un largo etcétera.

Hagamos un repaso de las principales fuentes que nos sirven a los historiadores para conocer cómo eran y cómo vivían los vikingos.

  • La Arqueología: Es, desde el siglo XX, la reina de las fuentes a las que puede acudir un historiador para conocer a los vikingos. Hasta ese momento, como veremos, sólo disponíamos de sagas y textos escritos por otros que no eran los protagonistas de este periodo. La arqueología es importantísima porque nos ha ayudado a construir una imagen más real y más neutral de los vikingos y despojada de muchos mitos. Hablamos de los hallazgos que se han producido en las regiones en las que se asentaron durante estos siglos y que nos han proporcionado información hasta la fecha, o bien desconocida, o bien muy imprecisa; restos de asentamientos rurales y uRestos de armas.rbanos, restos de su industria y su economía, restos relacionados con la navegación y el comercio e, incluso, de sus actividades religiosas. Hallazgos que nos dan información sobre su vida cotidiana (ganado, cuernos, monedas, vestimenta) y también sobre sus incursiones, sobre su expansión (se ha descubierto una estatuilla de Buda en Hélgo, Suecia). Yacimientos importantes son los de Birka (Suecia), Hedeby (Dinamarca), York (Gran Bretaña y donde, además, han habilitado el yacimiento como Museo al aire libre), Dublín (Irlanda), Jarlshof (Islas Orcadas) o Islandia en general. El problema principal de la Arqueología (no todo iba a ser maravilloso) es que su principal sistema de datación – el carbono 14 – tiene un margen de error de décadas arriba o abajo. Esto puede no parecer un problema si hablamos de épocas en las que nos movemos con dataciones que oscilan cientos de años y no pasa “nada”, pero si hablamos de la Era Vikinga y sus doscientos cincuenta escasos años de duración, un descuadre de alguna década sí es un problema a tener en cuenta.
  • La Numismática: Es el estudio de las monedas emitidas por organismos oficiales y, como la arqueología, en el siglo XX se aleja del coleccionismo romántico para convertirse en una ciencia. Es importante como fuente porque nos da la posibilidad de elaborar estudios estadísticos – muy complicados en épocas tan tempranas – y porque son elementos que nos ayudan a datar los yacimientos en los que se encuentran estas monedas, así como a conocer las rutas comerciales que los vikingos llevaron a cabo.
  • La Filología: Pese a que es una fuente mucho menos segura, pues es mucho más difícil de contrastar, es importante por los datos que nos ofrece la antroponimia y la toponimia. Muchas ciudades o emplazamientos a día de hoy conservan su nombre vikingo o se ha alterado muy poco.
  • Las Fuentes Literarias: Y aquí es cuando llegamos a terreno pantanoso. Los vikingos apenas nos dejaron nada escrito y, si lo hicieron, no fue con escritura latina, la cual adoptaron con la cristianización de Escandinavia. Lo que dejaron escrito es, obviamente, en alfabeto rúnico y mayormente en soporte epigráfico, de lo que hablaremos a continuación. Así pues, las fuentes literarias latinas de las que disponemos pueden ser de dos tipos; escandinavas o no escandinavas. Dentro de las primeras encontramos sobre todo las Sagas y los poemas éddicos o escáldicos. El problema es que, pese a ser escandinavos, éstos datan ya de época cristiana, sobre todo de los siglos XII y XIII (aunque hay alguno del siglo X y se podría considerar – más o menos – contemporáneo, aunque cristiano también) y, por lo tanto, debemos leerlos y analizarlos entre líneas. Son textos que se remontan a la tradición oral pero que, lamentablemente, están “contaminados” del ideario cristiano. El segundo grupo, las no escandinavas, son realmente interesante pero hay que tratarlas con pinzas igualmente. Éstas pueden ser contemporáneas a la Era Vikinga y son, sobre todo, escritos que nos han llegado de los países a los que los vikingos llegaron a comerciar, o a saquear; Inglaterra, Bizancio, Rusia, El Mediterráneo, la Península Ibérica, territorios musulmanes…  Huelga decir que, si se trata de lugares que los vikingos saquearon (como Lindisfrane), muy bien parados los vikingos no salieron en los textos. Son este tipo de fuentes las que han ayudado a crear el mito del vikingo bárbaro, salvaje, sanguinario y son muy interesantes, de todos modos, porque nos ayudan a ver cómo veían – valga la redundancia – los no vikingos a los propios vikingos y, también, para saber a dónde llegaron. En un tercer lugar encontraríamos lo que serían los códigos de leyes, pero, como las fuentes escandinavas, éstos son ya posteriores a la Era Vikinga y, más que probablemente, estén “contaminados” por el cristianismo. Los vikingos no escribieron jamás sus leyes. Contaban con la figura de un jurista o lagman cuyo cometido era asesorar al jarl – o gobernante – en los things – o asambleas – en materia judicial y que se sabía las leyes de memoria.
  • La Runología: Es la ciencia que se encarga del estudio de los textos rúnicos que, como hemos dicho, es lo único que no queda escrito de los vikingos propiamente dichos. Existen varios alfabetos rúnicos (o futhark, de lo que podemos hablar en otro artículo) pero el que usaron los vikingos, el que nos interesa, es el alfabeto o futhark joven, usado entre los años 850 y 1150 y que constaba de 16 runas o símbolos. A día de hoy su lectura y transcripción es más que satisfactoria y los restos hallados nos proporcionan información muy interesante; nos hablan sobre itinerarios, sobre gentilicios, sobre nombres propios y familias (sobre todo porque la mayoría son inscripciones funerarias), sobre hechos bélicos y actividades jurídicas, políticas e, incluso, literarias.  La Runología tiene dos problemas; el primero es que, como hemos dicho, existieron varios alfabetos rúnicos y, por ende, hay inscripciones rúnicas desde el siglo II, lo lógico es que sólo contemos como fuentes las que se adscriben al periodo vikingo, pero esto no siempre sucede y da lugar a muchísimos errores. El segundo problema es la creencia popular de que las runas eran siempre símbolos mágicos y, por ende, el contenido de los textos rúnicos suele extrapolarse al ocultismo y a leerse como textos oscuros y esto, obviamente, la mayoría de las veces no es así.

Por lo tanto, como podéis ver, aquellos que quieren adentrarse en el estudio de los vikingos tienen una ardua tarea por delante. Me gustaría añadir otra fuente imprescindible y, por qué no, mucho más asequible e igual de valiosa que las anteriormente mencionadas (que son de carácter, generalmente, primario como hemos visto al inicio del artículo). Y es la bibliografía y los estudios existentes sobre vikingos. Libros, ensayos, manuales, artículos, actas de congresos, etcétera, a las que podemos echar mano. ¿Cuál es el problema? Principalmente su escasez, no es un tema que se haya estudiado tanto y en tanta profundidad como otros (vamos a poner el manido ejemplo de la II Guerra Mundial o el Antiguo Egipto) así que no disponemos de una fuente inacabable de conocimiento. Un segundo problema es que muchos de esos estudios son, digamos, antiguos. Hay poco material realmente nuevo y eso siempre nos debe llevar a tratar cada obra acorde a su contexto histórico o a su escuela historiográfica. Un tercer problema es el de la accesibilidad de estas fuentes y voy a hablar, naturalmente, desde la perspectiva de una historiadora española; la mayoría, por no decir el noventa y cinco por ciento, de estos libros no son españoles; la mayoría están escritos en lenguas escandinavas, alemán, inglés o francés, y traducidos hay una parte muy limitada de ellos, muchos de hace décadas y, por ende, descatalogados y muy difícilmente conseguibles. Otro día me gustaría haceros una relación bibliográfica.

Pero que esto no desanime a nadie, una vez con las fuentes sobre la mesa, la Era Vikinga es un tema absolutamente agradecido de investigar.

Bibliografía:

  • BOYER, Régis. La vida cotidiana de los vikingos (800-1050). José J. de Olañeta, ed, Palma de Mallorca, 2005.
  • OXENSTIERNA, Eric Graf. Los vikingos. Ed. Caralt, Barcelona, 1977.
  • RUIZ DE LA PEÑA, Juan Ignacio. Introducción al estudio de la Edad Media. Ed. Siglo XXI, Madrid, 1984.
  • RUIZ GÓMEZ, Franciso. Introducción a la Historia Medieval. Ed. Síntesis, Madrid, 1988.

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San José Beltrán, Laia. Lo complicado de las definiciones: Qué o quién fue realmente un vikingo. (26 de julio de 2013) The Valkyrie’s Vigil [Blog] Recuperado de: https://thevalkyriesvigil.com/2013/07/26/las-fuentes-para-el-estudio-de-la-era-vikinga/ [Consulta: fecha en que hayas accedido a esta entrada]


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