Hace unas semanas os presentaba una curiosa historia (que podéis leer entera aquí) sobre cómo los vikingos no entendieron –hasta que no se toparon con él frente a frente– el concepto de rey sagrado, de rey majestuoso y rodeado de pompa y ceremonial que se podía encontrar en algunas de las cortes de la Europa Occidental durante la Alta Edad Media como, por ejemplo, el Imperio Franco. Dijimos en su momento –y me cito textualmente– que “para los vikingos el concepto de rey (en nórdico antiguo konungr) era muy distinto –sobre todo a inicios de la Era Vikinga– del que tenían otros pueblos en el continente europeo. Hasta casi finales del periodo vikingo, las sociedades nórdicas tenían líderes (jarls) o pequeños reyes (konungr) que reinaban sobre comunidades y grupos de personas más o menos reducidos e incluso en lugares como Islandia no existieron los reyes”.

Por ello, el choque entre culturas y costumbres dio algunos resultados graciosos que –verdad o leyenda– son un gran indicativo del pensamiento vikingo; de su forma de entender el poder y, sobre todo, de su fuerte concepto del orgullo y su honor.

En la entrada de hace unas semanas hablábamos de unos daneses que llegaron a la corte del rey franco en el siglo X, esta vez le toca el turno al conocido Rollón el Caminante, primer Duque de Normandía, y sus hombres ante el rey Carlos III de Francia, conocido como Carlos el Simple, también en el siglo X.

ROLLON RUAN
Estatua de Rollon en Ruan, obra del escultor Arsène Letellier.

Cuenta la leyenda que este rey francés, hastiado de los ataques del vikingo Noruego Rollón (Hrólfr antes de bautizarse) firmó en el año 911 el Tratado de Saint-Claire-sur-Epte con los vikingos, por el cual les entregaba una parte de los territorios de Neustria (los territorios entre los ríos Epte y Oise) para que se estableciesen en ellos. Por ello, Rollón se convertía en el primer Duque de lo que se llamó Normandía. A cambio, los vikingos debían convertirse al cristianismo y bautizarse, Rollón debía casarse con la hija ilegítima del monarca, Giselle, para sellar el acuerdo y comprometerse a defender el territorio de futuros ataques vikingos. Además, los vikingos –ahora normandos– debían prestar juramento de vasallaje a Carlos III, para lo que debían llevar a cabo la ceremonia en la que se le debían besar los pies. Rollón, con todo su orgullo, se negó a hacerlo y delegó la tarea en uno de sus hombres quien, tan o más orgulloso que su ahora duque, en vez de agacharse para besarle el pie lo que hizo fue coger la extremidad del monarca y levantarla tan alto que éste terminó por caerse del trono.

¿Se trata de la misma historia que la que os conté unas semanas atrás? ¿Se trata de una versión de ésta? O, ¿es que esto se dio cada vez que un líder vikingo se encontró con un regio monarca europeo? Sea como fuere, es sustancialmente relevante el hecho de que historias de este tipo se encuentren repetidas –aún con sus matices– con tanta frecuencia en los textos de la época, ya que nos dejan entrever de una forma muy clara y explícita cuán distinto era el concepto de autoridad y de gobierno para los vikingos comparado con el de los monarcas del continente europeo durante la misma época.

Bibliografía:

  • BAKER, Timothy. The Normans. MacMillan, Nueva York, 1966.
  • BOYER, Régis. La vida cotidiana de los vikingos (800-1050). José J. de Olañeta, ed, Palma de Mallorca, 2005.
  • OXENSTIERNA, Eric Graf. Los vikingos. Ed. Caralt, Barcelona, 1977.
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