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Ilustración de Vicente Hernández realizada para Historia 2.0 © VICENTE HERNÁNDEZ. Todos los derechos reservados /All rights reserved. PROHIBIDA su utilización.

 Este artículo fue originalmente publicado por mí, el 20 de septiembre de 2016, como una Cápsula Histórica en Historia 2.0.

Generalmente las armas vikingas se han catalogado —de forma errónea— como algo autóctono. Tendemos a decir ‘espadas vikingas’ o ‘yelmos vikingos’ o ‘escudos vikingos’ y, sin embargo, esto no es del todo cierto. Si bien algunas de ellas que sí habrían sido algo intrínsecamente vikingo, muchas son, en realidad, del periodo anterior a la Era Vikinga —la Era de Vendel (550-794)—; y éstas fueron, a su vez, importaciones y asimilaciones. Desde tiempos del Imperio romano y sus ‘Estados sucesores’los pueblos del norte importaron armamento de forma habitual: la mitad de las armas halladas en yacimientos de la Germania libre fechadas entre los siglos III y V son de fabricación romana. Y no solo del Imperio Romano, los pueblos del norte también importaron armamento del Imperio Franco, tal y como recoge la Gesta Karoli Magni.

Tal debió ser el interés de estas sociedades por las armas extranjeras, que a lo largo de la historia hasta se les llegó a prohibió su venta:

  • La legislación romana prohibía vender armas al Barbaricum. Legislación que se mantuvo en Bizancio.
  • En el año 803 Carlomagno prohíbe la venta de bruniae (cotas de malla) y de baugae (brazales) fuera del reino.
  • En el año 864 Carlos el Calvo decreta pena de muerte para aquellos que vendan armas a los vikingos.

Si ya entramos en detalle, dentro de las armas utilizadas por los escandinavos durante la Era Vikinga, la espada era apreciada por encima del resto; no sólo era la más cara y la que podía estar más elaborada y ricamente decorada —con adornos de metales como la plata e incrustaciones de piedras preciosas—, sino que era también la que mayor maestría técnica requería al guerrero que la portaba y blandía.

Parece ser que el trabajo de los espaderos francos era especialmente apreciado por los hombres del norte. ¿Por qué importaban los vikingos sus espadas? Puesto que la calidad del metal franco, comparado con el nórdico, era muy superior. Y ello justificaba su precio. Y, precisamente por su elevado coste, no todos los guerreros vikingos pudieron permitirse una, quedando reservada para aquellos más ricos y pudientes. Una espada durante el reinado de Carlomagno, por ejemplo, costaba tres sueldos. Cinco durante el de Carlos el Calvo. Y según las sagas nórdicas, una espada podía llegar a costar 16 vacas lecheras. Generalmente era un arma que pasaba de generación en generación, como herencia.

Herederas de la spatha romana —y esta del gladius— las espadas que utilizaron los escandinavos durante el periodo que comprende la Era Vikinga estaban elaboradas con la técnica que tiene por nombre pattern welding[i] (soldadura de diseño), que combinaba piezas de metal de distinta composición: las espadas se fabricaban a partir de barras de acero retorcidas —generalmente tres— y soldadas mediante forja a martillazos, hasta formar una hoja que tenía una pigmentación característica en forma de hondas o espigas y que componía el núcleo central de la hoja. A esta se le añadían dos filos de alto contenido en carbono que se forjaban, afilaban y pulían. La tira central de la hoja también se trabajaba en ambas caras, para crear andaduras longitudinales poco profundas —llamadas vaceos— que hacían más ligera la hoja sin reducir su efectividad.

El resultado era una hoja elástica de doble filo, fina y flexible, pero dura y resistente que medía entre 70 y 100 centímetros, siendo lo habitual unos 90. La empuñadura podía ser de metal, aunque habitualmente era de algún tipo de material orgánico como la madera, el cuero o el asta y, probablemente, se recubría con tela o cuero. En la mayoría de ocasiones los vikingos importaban las hojas y les añadían sus empuñaduras y pomos, tan característicos, que podían ser de distintos tipos; en forma de pirámide, lobulados o estilo sombrero de tres picos, entre otros, y solían ser también de algún tipo de material orgánico como los ya mencionados y, a veces, de hierro. La espada se guardaba en una vaina de madera que podía tener también un forro de tela o lana —la grasa natural de la lana ayudaba a evitar que la hoja se oxidase—, y esta, a su vez, se protegía con una funda de cuero. El extremo terminaba con una contera de metal, que podía estar decorada, y cuya función era la de proteger la punta de la espada. Se llevaban normalmente colgadas de una correa al hombro derecho o en el cinturón o tahalí a la altura de la cadera.

+VLFBEHT+ inscription in the blade of a 9th-century sword (Germanisches Nationalmuseum FG 2187).
Inscripción +VLFBEHT+ en la hoja de una espada del siglo IX (Germanisches Nationalmuseum FG 2187).

Hacia finales del siglo VIII comenzaron a circular por Europa unas nuevas espadas de una calidad excepcional con la inscripción Ulfberht en la hoja, en la mayoría de casos con una cruz griega antes y después del nombre: +Vlfberht+. Por estas fechas surgió en la zona de Renania Central una nueva técnica que producía hojas muy duras y flexibles, de una acero sin apenas impurezas o escoria, con un inusual alto contenido de carbono[ii], lo que las hacía más fuertes, más flexibles y menos frágiles que las que hemos visto hasta ahora. Estas hojas se obtenían mediante la técnica de fundición en crisoles, también llamado acero crucible o de crisol, algo que hasta el momento no era posible debido a la elevada temperatura de fusión que necesitaba el hierro. Temperaturas mucho más altas de las que la mayoría de los herreros europeos eran capaces de conseguir en sus forjas.

¿Y quién era Ulfberht? Durante mucho tiempo se pensó que era el nombre de una familia propietaria de una herrería en la zona de Renania. Una hipótesis que ha sido rechazada recientemente ya que las firmas con cruz griega eran típicas de abades, obispos y monasterios. Esto no nos debe sonar extraño, ya que en aquella época era habitual que las grandes abadías y sedes episcopales fabricasen armas.

La firma de Ulfberht estaba grabada de modo que si su propietario blandía la espada con la mano derecha, su oponente podía leerlo.

Estas espadas tuvieron un enorme impacto geográfico: tan sólo en Noruega se han hallado 44 ejemplares, y otros 166 han sido hallados en yacimientos de 23 países de Europa, entre ellos uno en España. Eran de las mejores producciones armeras de la época y tuvieron tanto éxito, y llegaron a ser tan famosas y codiciadas, que hasta fueron ‘pirateadas’ por otros herreros a lo largo y ancho de Europa Occidental: surgieron imitadores que también marcaron su nombre en la hoja. Otras inscripciones que se han encontrado han sido Inglerii, Cerolt, Ulen, Pulfbrii, Centrlit. Sin embargo, la calidad de estas espadas ‘de imitación’ era muy inferior. Y no solo la calidad era menor; las inscripciones de las imitaciones en ocasiones están mal escritas, las letras están hacia abajo u otras peculiaridades. Estudios recientes sobre las espadas con inscripción Ulfberht han revelado que unas fueron forjadas a partir de lingotes de acero de crisol —las ‘verdaderas’— y otras poseen una calidad muy inferior, con mucho menos contenido de carbono. Las imitaciones han sido generalmente exhumadas en tumbas, mientras que las verdaderas han sido mayoritariamente halladas en lechos de ríos, a causa de pérdidas fortuitas o casuales, lo que implica que su propietario no se desprendía de ellas tan fácilmente. Y es que, como ya hemos dicho, las espadas eran, probablemente, el arma más apreciada y codiciada de los vikingos.


[i] Técnica utilizada durante los siglos III y IX.

[ii] Las espadas forjadas mediante pattern welding entre el 0,4 y el 0,5% de carbono, mientras que las espadas Ulfberht, un 0,75%.

Bibliografía

  • BALBÁS, Yeyo. Noviembre 2014. Vlfberht me fecit – La panoplia vikinga. Desperta Ferro Historia Antigua y Medieval n.º26 (Los vikingos), 25-29.
  • HALL, Richard. El mundo de los vikingos. Ed. Akal Grandes Temas, Madrid, 2008.
  • PEIRCE, Ian. Swords of the Viking Age. Boydell Press, Suffolk, 2014.
  • SAN JOSÉ BELTRÁN, Laia. Quiénes fueron realmente los vikingos. Quarentena Ediciones, Barcelona, 2015

 

 

 

 

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